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La calle que tú me das

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¿Han intentado buscar un sitio en el centro de una gran ciudad donde sentarse a leer, a pensar o simplemente a estar? ¿Han intentado salir de casa sin gastar un céntimo para pasar un rato a gusto en un sitio conversando? Y cuando lo han conseguido, ¿No se han sentido raros? ¿Cómo ocupando un lugar que no nos pertenece? ¿Incluso como haciendo algo que está mal o queda mal? Pues ese ha sido el mayor logro de la privatización de los espacios públicos: que uno se sienta culpable de ocupar los espacios que le pertenecen por derecho.

La banda mexicana ‘Maná’ ya se preguntaba a principios de los 90′ dónde diablos iban a jugar los niños después de tanta destrucción de la naturaleza. Ahora nos preguntamos dónde diablos hablarán los jóvenes de política, de amor, o se sentaran a leer, dónde se sentaran nuestros mayores sin que sean confundidos con el paisaje inerte de cualquier ciudad ¿qué espacio no sujeto al consumo nos quedará fuera de la propiedad privada de nuestra casa?

Este sistema económico y político voraz nos echa de nuestras casas y también de nuestras calles y lo está haciendo de esa forma silente y perversa que tiene la fiebre neoliberal de devorarnos como Saturno a su hijo y que parezca culpa nuestra.

El robo de los espacios públicos no es inocente ni sucede sin querer, el urbanismo es una forma de hacer política. Fuentes con pinchos, bancos individuales, plazas de mármol no hechas para el disfrute diario ni el diálogo intergeneracional sino como ya sucediera en la antigua Roma para la ostentación y reafirmación del poder político.

Fue el antiguo Imperio Romano el primero en arrebatar a los ciudadanos este espacio de debate sustituyendo intencionadamente el agora por sitios  de exhibición de los logros individuales de los primeros emperadores. Ya en época de Augusto, se entiende que las decisiones de la ciudadanía no son necesarias y el Foro empieza a perder su sentido de lugar de encuentro amplio donde participar de la cosa pública.

¿Qué hay de malo en que nos encontremos?

Ya se puso recientemente de manifiesto desde el 15 de mayo de 2011, cuando ocupamos las plazas públicas de todo el país para debatir, hablar, gritar y ejercer nuestros derechos. Intentaron deslegitimar nuestras demandas diciéndonos que las plazas no eran el lugar, que así no se conseguían los cambios sociales, que si queríamos cambiar las cosas nos constituyéramos en un partido político. ¿Por qué molesta al poder la gente usando las plazas para lo que fueron creadas? Porque es el único espacio no virtual que nos queda para encontrarnos y reconocernos como sociedad para crear sentimiento de comunidad, estrechar relaciones sociales o potenciar el tejido social que es lo único que tenemos para luchar cuando también vengan a por nosotras. El antropólogo Manuel Delgado, (Barcelona, 1956) defiende que en las plazas es donde se ponen de manifiesto las relaciones asimétricas de poder entre ciudadanía y Estado y que esa pérdida de uso de los espacios públicos determina un mayor control sobre la ciudadania, eliminando los procesos de solidaridad comunitaria.

‘La ciudad es nuestra’

El movimiento vecinal madrileño de los años 60 fue un espejo donde se miró toda Europa. La experiencia del barrio de Orcasitas, perteneciente entonces a lo que se conocía como el cinturón de miseria madrileña, donde los vecinos con sus propias manos levantaron un local para la Asociación de Vecinos desde donde articular todas las luchas que siguieron, las más urgentes como la demanda de viviendas y también las más prosaicas  como el color de las baldosas con las que se iban a construir. En asambleas, diseñaron un planeamiento urbano alternativo al oficial. Más plazas, más zonas verdes, locales sociales. Decidieron también el nombre de sus calles Participación, Movimiento Vecinal, Solidaridad. El movimiento popular de este barrio ha forjado una cultura de participación que se ha transmitido de generación en generación y que en 1994 fue alabada por la ONU con el reconocimiento de Buenas Prácticas. Una película de 1974 narra la lucha de estos vecinos y vecinas organizados llamada ‘La ciudad es nuestra’.

“Habrá de ser compartida”

Por los agujeros de ‘la cosa pública’ se nos escapa cada día más democracia. Sería inconcebible llegar a nuestra casa y que nos hayan sellado la entrada, que nos hayan partido en dos el sofá o que nos pongan pinchos en la silla del escritorio. Este mismo sentimiento debe ser reconquistado por todos con respecto a lo que nos rodea en la ciudad, en nuestro municipio, en los barrios. Urbanidad no será nunca más pintar las casas cuando se acercan las elecciones, es la forma en que nosotras decidamos hacer política con nuestras manos y nuestras relaciones en las plazas, los parques, las calles, las bibliotecas. Termino como empecé con un verso del poeta canario Agustín Millares:

“La calle que tú me das

no será tuya ni mía

habrá de ser compartida.

Calle de todos será”

 

Agradecimientos: Pedro Uceda, Aíssa Suárez e Israel Campos

Fuentes: Delgado, M., & Malet, D. (s/f). El espacio público como ideología. UrbanDoc.1, 57-64.

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2 comments

  1. “Si te quiero es porque sos
    mi amor mi cómplice y todo
    y en la calle codo a codo
    somos mucho más que dos.

    y por tu rostro sincero
    y tu paso vagabundo
    y tu llanto por el mundo
    porque sos pueblo te quiero”.

    (Mario Benedetti)

  2. Quizás debiéramos recuperar antes los entornos rurales. Al menos algunos de esos entornos.
    En las comunidades rurales (a veces no precisamente para bien) se hace uso de las plazas.
    Quizás nuestras ciudades deberían empezar a dejar de ser “ciudades”.

    Me gusta mucho leerte. Un abrazo

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